El cantar de las aves
Día 4. Las aves cantan... qué digo... se vuelven locas al amanecer y al atardecer. Se reunen en las copas de los árboles y cantan todas al mismo tiempo. A veces aturden, pero hay algo hermoso en escucharlas. Cantan a esa hora porque es en esos momentos cuando las condiciones climáticas hacen que el sonido de su canto se propague más facilmente. Cantan en los momentos que es más fácil que su voz sea escuchada.
A veces los seres humanos somos taaaannnn distintos... a veces hablamos para que no nos escuchen y poder decir "no me escucharon, no soy importante"... a veces hablamos bajito porque preferimos que alguien tome el mando, no creemos que lo que nosotros pensamos sea tan importante como para decirlo y que los demás lo escuchen... hay otras ocasiones en las que pensamos en decir algo pero preferimos no decirlo y cuando alguien más lo dice pensamos "chin, lo hubiera dicho"...
Un buen propósito de año nuevo podría ser aprovechar al máximo esos momentos en los que es más fácil que mi voz sea escuchada. A veces eso puede sorprender e inspirar a otros a usar su voz.

Una mañana en el cementerio de elefantes. Las aves vienen a posarse entre los colmillos semienterrados y descoloridos. Vienen y cantan. Están tan vivos que es imposible no caer en cuenta que vienen aqui a ganarle a la muerte. Me miran con ternura y no es así como se debe mirar a un elefante, el último que ha llegado al cementerio. En ocasiones alguno viene y se posa sobre mi lomo, picotea un poco, fingiendo que me retira parásitos (no saben que esos bichos son los primeros en percatarse que ha llegado la hora de ir al cementerio y buscan un nuevo huésped). El pajarillo temerario regresa con su grupo y cuchichea su hazaña. Los pajarillos cantan en torno a mi, festejan cada mirada, cada movimiento que me arrancan y que ven como un triunfo de su juventud, de la esperanza de vida, de sus voces afinadas y las entonaciones limpias. Pero la tarde muere entre sus alas, entre los despojos óseos del cementerio y se posa en mi. Recibo las sombras en mi majestuoso cuerpo, me tiño poco a poco de oscuridad y dejo que el día se vaya. Los pajarillos aguantan un poco más, pero al final uno de ellos levanta el vuelo despavorido hacia su árbol, hacia los bosques en los que duermen y de los que un día no regresarán más, donde harán una vida ajetreada, violenta y salvaje.
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